Mitología asturiana y el poder de un libro

Era el amanecer de un recién nacido verano, exactamente el 24 de junio. A lo lejos las montañas formaban dibujos en el aire y el valle, cubierto aún de penumbra, se hacía de rogar antes de mostrar su verdor natural. El día se desperezaba lentamente y el silencio sólo era interrumpido por el canto de algún pájaro madrugador. De pronto, ladera arriba, apareció un hombre vestido con una camisa de cuadros en tonos granate, pantalón azul oscuro y botas marrones. Tenía el pelo cano y su rostro mostraba signos evidentes de cansancio, pronunciados aún más por los múltiples surcos que comenzaban a advertirle de una vejez prematura. Caminaba despacio, portando en su regazo algo envuelto en una manta dorada. Algo que él a menudo se detenía a contemplar embelesado.

Al coronar la cumbre, divisó a su mujer fuera de la casa, esperando impaciente su llegada. Sus sienes también se veían plateadas, pero su agilidad era mucho más rotunda. Ella, entusiasmada, corrió a su encuentro y estiró sus brazos para recoger con avidez el regalo que él le traía y en aquel mismo momento la intensidad de su dicha consiguió borrar de un manotazo todas las arrugas del desaliento.

La noche había resultado demasiado larga…

El día anterior, el abuelo, después de meditarlo largamente, había decidido poner fin al suplicio de la maldición que desde hacía años sufrían todos los lugareños. Los culpables de aquel caos eran un Sumiciu y un Trasgu que habían conseguido sobrevivir con la ayuda de una xana descarriada. Con sus maldades llevaban años poniendo el pueblo patas arriba.

Prohibían a la gente pensar, sólo permitían estar libres a quienes se doblegaban ante cada una de sus disparatadas ocurrencias, al resto se les privaba de libertad, siendo conducidos y aislados en una fría gruta, donde el Cuélebre tenía la misión de custodiarlos las veinticuatro horas del día, para de ese modo, acabar con cualquier intento de rebeldía.

Conocedor de que en la noche de San Juan todos los habitantes de la mitología asturiana eran más vulnerables, el abuelo había trazado un plan; por eso, y a pesar del Nuberu, que le persiguió todo el camino arrojándole pedruscos, consiguió llegar hasta donde pretendía.

Cuando el Cuélebre le vio aparecer exageró su respiración y retrocedió arrastrándose hacia el interior de su cueva para evitar un enfrentamiento, no sin antes dedicarle al abuelo una maliciosa y desafiante sonrisa. Después, lentamente, y sin apartar la vista de la entrada, la serpiente alada siguió retrocediendo hasta chocar con un objeto en el que inmediatamente concentró toda su atención; era un precioso libro con unos colores llamativos y un sonriente sol decorando la portada, que el día anterior se le había caído a uno de los prisioneros. Mientras lo recogía del suelo, restregó sus ojos para adaptarse a la penumbra de su escondite y con dificultad comenzó a leer…

La fueya de plata: mitología asturiana”.

Qué extraño —pensó— e inmediatamente se fijó en la contraportada…

(Entre las hojas y les fueyes de este libro, viven el Huerco o Güercu, la Huestia o Güestia, el Sumicio o Sumiciu, el Coco o Cocu y el Culebrón o Cuélebre)

Pero… ¿qué ye esto? —Gruñó el Cuélebre— aquí tan hablando de mí…

Siguió leyendo… Las historias e ilustraciones de estas páginas necesitan soles de ojos que los coman y les den luz y calor engulléndolos por las pupilas…

De repente su egolatría comenzó a crecer y crecer desmesuradamente, alimentada por el placer que le producía el simple hecho de imaginar la cara de sorpresa que pondrían sus amigos el Sumiciu, el Trasgu y la xana en cuanto les hiciera partícipes de aquel descubrimiento. Después de soltar una estrepitosa carcajada, volvió a enfrascarse en la lectura y se olvidó de la misión que tenía encomendada.

En aquel momento, empujadas por la necesidad, una montaña de soluciones imprevistas se filtraron por los propósitos del abuelo y en su cerebro estalló un estruendo de ideas. El poder de un libro no tiene límites, pensó, a la vez que urdía la estrategia perfecta para atrapar al cuélebre y su pandilla, en la lectura, y suavizar su carácter. Sin perder tiempo, el abuelo corrió hasta la librería más cercana y cargó su mochila de historias y aventuras fascinantes, con las que quiso obsequiarles. Él era consciente de que, por la belleza de su contenido, aquellos libros tenían el poder de atrapar, incluso a las mentes más retorcidas. Y efectivamente, así ocurrió y así fue cómo se consiguió acabar con la tiranía de aquellos malvados y cambiar para siempre el destino de todos los lugareños.

Una vez conseguido su propósito y satisfecho de sus logros, puso rumbo hacia la montaña donde vivía con su mujer. Sus pasos reflejaban la sólida determinación de un vencedor.

A mitad del camino, una oleada de murmullos y risas llamaron su atención y su curiosidad le obligó a detenerse para indagar de dónde procedían. ¡Allí estaban, en medio de la charca! Era un grupo de Xanas y Sirenas que, a la vez que tomaban el sol, aprovechaban para tejer una manta con hilos de oro.

Sumergido en la magia de tanta belleza, siguió inmóvil en la orilla, no sabe cuánto tiempo, hasta que ellas se percataron de su presencia. Después de un revuelo de risas diversas, una de las xanas se levantó con un bebé en los brazos, lo cubrió con la manta que acababan de confeccionar y se lo entregó al abuelo. Toma —le dijo— esta xanina ye pa tí. Llámase Libertad y desde hoy ella será la encargada de poblar les rames del tu árbol genealógicu…

Por diego

Pues eso, alguien loco, con cinismo, pleno de deseo y vacío de saliva de tanto gritar en el desierto.

3 comentarios

  1. oiiiii que bonitooooo!! me encanta! un hurra a la escritora! ASTURIES YE ESPAÑA Y LO DEMÁS YE TIERRA CONQUISTAAAA!!!

  2. Por fin!!! Dirás tú.
    Y yo te contestaré: Mereció la pena dedicar unos minutos a leer esta historia tan llena de magia.
    TÚ SI QUE VALES!!!

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