No hay nadie

–No hay nadie.
Lo dijo en voz baja, para sí mismo, con vacilación. Se asomó al umbral de la puerta de la única habitación iluminada del piso, justo hasta donde alcanzaba la luz y, apoyándose en el marco, miró primero hacia la izquierda y luego hacia la derecha, escrutando el pasillo oscuro, casi negro.
–No hay nadie –repitió con mirada de miedo. No se decidía a dar un paso más y salir a las sombras. Entonces, sin mediar palabra, su padre se levantó de la mesa y, acercándose, le ofreció la mano.
–Ven, vamos a ver si hay alguien –y salieron del salón cogidos de la mano.

Recorrieron, una a una, las estancias de la casa. Primero, el adulto encendía la luz y pasaba al interior mientras el pequeño esperaba en la puerta. Sin prisas, miraba alrededor, especialmente en aquellos lugares donde pudiesen ocultarse los monstruos invisibles del niño, quien no perdía detalle. Luego el padre le invitaba a pasar para que él terminase la exploración. En las dos habitaciones que tenían cama, ambos, de rodillas, escrutaron bajo la misma a la vez. En el baño, el niño quiso que su padre mirase tras el espejo, a pesar que apenas se separaba un centímetro de la pared. En la cocina pusieron más énfasis en el armario donde se guardan los útiles de limpieza. Concluida la exploración, el niño se dio por satisfecho y accedió a ir a la cama.

El padre no recordaba esos miedos en el niño de cuatro años. Siempre había sido lanzado, casi imprudente, como si el miedo no formase parte de su vida y, de la noche a la mañana dejó de moverse por la casa como solía, rápido y a oscuras y adoptó esos nuevos hábitos sumidos en sombras. Ahora siempre miraba bajo la cama justo antes de apagar la luz para dormir. Lo asoció a alguna pesadilla o imagen en la televisión y esperó que durase poco. No podía hacer más.

Una noche de invierno, cuando el niño se estaba preparando para el ritual de las luces, los abuelos le entregaron un paquete pequeño. A la emoción de destrozar el envoltorio de papel se unió la del regalo: una linterna de color verde. Era pequeña, como sus manos, ligera y potente, muy potente. Bastaba con pulsar el botón negro de la parte posterior para iluminar toda una habitación. Traía, además, un pequeño cordón de seguridad que el niño se pasó por la muñeca, un instante antes de salir corriendo por el pasillo, solo y a oscuras.

Por diego

Pues eso, alguien loco, con cinismo, pleno de deseo y vacío de saliva de tanto gritar en el desierto.

4 comentarios

  1. Gracias, Diego, te haces de rogar pero cuando vuelves lo haces por la puerta grande. Precioso y tierno relato —con mensaje incluido— que, al menos, a los que tenemos niños pequeños en casa nos hace sentir protagonistas. Refleja una situación muy cercana.
    Felicidades.

  2. más que enfrentarse uno mismo a los miedos, me gustaría pensar en cómo los adultos nos ayudan a superarlos. Por muy decidido que seas, a corta edad no tienes herramientas suficientes para hacerlo.

    Pero si, tiene varias lecturas 😀

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